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lunes, 22 de agosto de 2011

“ La Maldición de la Mestiza ”


Don Jose Inés de los Santos de la Góngora y Crespo, visitador del Santo Oficio, o Tribunal de la Inquisición; hombre cincuentón de voz chillona feminoide muy aguda que denotaba un nerviosismo extremo, el cual manifestaba en un hablar demasiado rápido que impedía a quien lo escuchara entenderlo claramente más aun cuando se encontraba encolerizado su tono de voz se hacía más chillante, quien por su mímica, gestos y ademanes, denotaba cambios emocionales constantes, pasando de la risa nerviosa a la ira y disgusto por motivos insignificantes.

Tenía violentas reacciones en contra de quien se atrevía a contradecirlo o desobedecerlo; por el puesto que tenia poseía gran autoridad, y era temido por ser enviado del Santo Oficio, ya que mediante una falsa acusación de hechicería, judaísmo, blasfemia, reniego, irreverencias de toda índole, el acusado podía ser azotado, atormentado o enviado a la hoguera no sin antes despojarlo a él y a su familia de todos sus bienes dejando a los descendientes en la más extrema pobreza; buscando culpables su ojo avizor mal interpretaba en palabras, gestos, dibujos, o en ciertos pasajes de libros, periódicos poesía, canciones, mensajes diabólicos, o hechicería y posesiones satánicas, al grado que ordeno que se prohibiera el uso entre las mujeres de vestidos escotados, aduciendo que tales arreglos presentaban los senos de las mujeres como nalgas descubiertas, inclusive no admitía en su mesa pavo entero relleno porque daba la impresión de que era una mujer con las piernas para arriba; todo eso resultaba imposible de creer en una comunidad rural muy liberal como la nuestra, alejada de los centros urbanos y la pureza de pensamiento sano de sus habitantes, pero siendo un personaje tan siniestro nadie se atrevía a desobedecerlo mucho menos contradecirlo sin sufrir graves consecuencias, desde un airado regaño y humillación en público hasta ser quemado en la hoguera, no sin antes sufrir terribles tormentos.

Aquella tarde de verano de 1790 hacia un calor abrazador, la diligencia en donde se desplazaba, el fraile visitador del tribunal del santo oficio corría por un camino polvoriento de Matamoros a Reynosa, para recoger las aportaciones voluntarias para los niños pobres, y obras pías, diezmos, primicias y todo lo que pudiera llevar para enriquecer su hacienda; cuando pasaron por un paraje en donde se acercaba el Rio Bravo con el camino, los arrieros le dijeron al pasajero que los caballos necesitaban descansar y beber un poco de agua, y a regañadientes el déspota fraile les dijo que se detuvieran para darles de beber, disminuyeron la velocidad y se pararon a la sombra de un frondoso fresno, para desengancharlos y llevarlos al rio, el fraile aprovechando el alto, se dispuso a refrescarse en el remanso de aquellas tibias aguas, en la pequeña playa de arena blanca; las mansas aguas invitaban al extraño personaje a refrescarse en ellas, cuando se acercaba al rio de repente se paró en seco atrás de unos arbustos, al ver desnuda a una hermosa mestiza que alegre se bañaba en el rio, ignorando que en ese momento era observada por el siniestro personaje, a quien se le agolpo la sangre en las sienes y sintió una fuerte impresión que simbro todo su cuerpo por la excitación sexual a causa de la visión presentada, sentía que el corazón le iba a explotar, agrandando las pupilas al ver aquellas hermosas formas de la joven mujer desnuda, el fraile temblando por la emoción experimentada, regreso al lugar en donde los arrieros desenganchaban los caballos e indicándoles que se alejaran del lugar porque el se iba a bañar en el rio, y era pecado que lo vieran desnudo, cuando los arrieros se alejaron con los caballos a otro lugar, el fraile todo nervioso se dispuso a regresar a seguir espiando a la mestiza, la que ignoraba que fuera observada y, sobre todo la pasión y negras intenciones que en el clérigo se formaban, además de la tragedia que iba a vivir a partir de ese momento; el fraile sobreexcitado termino de ver el espectáculo que se le presentaba y cuando la mestiza salió del agua y se dispuso a vestirse, se retiro todo alterado mas sin embargo nada dijo a los arrieros, ni los apuro para que emprendieran nuevamente el viaje, hasta que la hermosa mujer salió al camino quien sintió un gran escalofrió al ver a aquellos hombres frente a ella, temiendo que algo malo le pasara se interno en el monte para alejarse a toda prisa de aquel lugar, el fraile sin demostrar mucho interés les pregunto a los arrieros quien era esa mujer y donde vivía, quienes le contaron que era una mestiza, casi una esclava al servicio Miguel Torreblanca, un poderoso ranchero de la región, sin hacer ningún comentario les ordeno que emprendieran nuevamente el camino hacia Reynosa antes de que los sorprendiera la noche.

Al llegar a Reynosa se dispuso a descansar sin poder conciliar el sueño, pero la imagen de la mestiza no la apartaba de su mente, que al recordarle, le hacía hervir la sangre, la que se le agolpaba en las sienes provocándole una fuerte excitación; al otro día muy temprano ordeno a un mozo que llevara ante su presencia al hacendado quien al saber la noticia de la citación inmediatamente se puso muy nervioso temiendo que le hubieran levantado alguna falsa acusación ante la inquisición por hechicería, judaísmo, blasfemia, reniego, irreverencias de toda índole, etc. o cualquier acto que se considerara una eregia, temblando de miedo el ranchero muy sumiso se presento ante el siniestro personaje, quien le ordeno que le mandara a la mestiza porque la necesitaba para su servicio, el ranchero más por miedo que de buena gana, acepto deshacerse de su sirvienta, a quien también la deseaba con vehemencia, pero no había tenido oportunidad de poseerla, sin decir más, le ordeno que regresara de inmediato a su finca y le enviara a la hermosa mujer, a quien no podía apartar de su mente, imaginándola desnuda como la había visto en el rio, que ya se había convertido en una obsesión , su cuerpo temblaba de deseo.

Cerca del medio día llego un peón de la hacienda, llevando el preciado regalo, que era esperado con ansias desmedidas, ya en presencia del prelado a quien le brillaban los ojos por el deseo, este le ordeno que le preparara el baño y que utilizara esencias aromáticas, para que brindaran un mejor placer, cuando todo estuvo listo sin rubor y con un gran deseo en su interior, se empezó a desvestir delante de la hermosa mujer para meterse al agua, no sin antes ordenarle que esta hiciera lo mismo, ella no podía concebir lo que le decía el fraile, toda vez que se conservaba virgen y había sido criada dentro del seno de la iglesia católica y si bien es cierto que profesaba esta religión también practicaba los antiguos usos y costumbres religiosas de sus antepasados lo que le traería más tarde graves consecuencias, al ver las intenciones del siniestro personaje la mujer se negó a complacerlo, este iracundo y por el deseo sexual que le inspiraba la joven mujer, empezó a golpearla a fin de que cumpliera sus ordenes, arrancándole la ropa a girones, la mujer le suplicaba que la dejara que no hiciera daño y que la regresara con su familia, lo que altero mas sus deseos y bajos instintos, lo que provoco que cansado por el esfuerzo y el deseo insatisfecho la dejara en paz, encolerizado, jadeante y, con voz entrecortada a gritos la corrió de la habitación y le ordeno que regresara con su familia, no sin antes maldecirla y amenazarla de que se arrepentiría por no haber cumplido sus deseos.

La mujer maltrecha y adolorida por los golpes recibidos, entre sollozos como pudo se puso de pie, se vistió y presurosa salió de la habitación alejándose de la finca en donde se alojaba el siniestro personaje, para regresar a la aldea donde vivía su familia.

Inmediatamente el encolerizado fraile llamo a un peón y le ordeno que vigilara a la mestiza porque tenia noticias de que en esa región se practicaba la brujería y tenía intención de juzgar y condenar a quienes incurrieran en tales prácticas para escarmentar a todos los habitantes de la región.

El peón inmediatamente mas por miedo que de ganas se dispuso a cumplir las órdenes del fraile, se anduvo paseando con cualquier pretexto por la casa de la mujer hasta que a los pocos días hubo un bautizo de un recién nacido quien fue ofrecido al dios sol según usos y costumbres de las tribus de la región y fue barrido con albahaca e incienso y mediante un canto especial levantado en lo alto para inicio de la purificación de su cuerpo y alma ofreciéndolo a sus dioses.

El peón al ver la ceremonia inmediatamente corrió a contar al fraile que todavía se encontraba en esta región lo que había presenciado y en donde la mestiza tuvo una gran participación.

El fraile ante tal delación procedió a levantar el acta con la acusación de herejía y hechicería de la mestiza, poniendo al peón de testigo, e inmediatamente la mando apresar para juzgarla y castigarla por los actos de hechicería que había cometido.

Ya en su presencia le ordeno que confesara las practicas de hechicería que había cometido, así como que dijera los nombres de los demás participantes, y también que confesara los días en se reunían para llevar a cabo aquelarres, con danzas, peyote, aguardiente y sexo desenfrenado, sacrificando machos cabríos y gallinas negras, para beber la sangre de los animales sacrificados.

La infeliz mujer no sabía de que se le estaba acusando, y por tal motivo negó los hechos, mas sin embargo el fraile le pregunto tres veces que era la regla en toda acusación, ella naturalmente negó todo cuantas veces le habían preguntado.

Como las respuestas de la mujer no fueron satisfactorias la condeno a la tortura; el escenario de la diabólica crueldad era un subterráneo oscuro y maloliente, cuando la joven mujer llego, inmediatamente fue tomada por sus torturadores quienes la desnudaron enseguida, siendo observada por el fraile quien con mirada perversa entre deseo, pasión y odio que le enervaban los sentidos, dibujándosele una siniestra sonrisa en sus labios, los cuales acariciaba constantemente con el dorso de la mano en actitud morbosa al ver nuevamente a la mulata desnuda quien despertaba en el fantasías eróticas y placer sádico.

La mestiza le había absorbido el pensamiento, quería alejarla, la consideraba tan peligrosa para él, que inconscientemente llego a conclusión que debía ser destruida para alcanzar la paz interior, ¡que sufriera como estaba sufriendo el!, ya que la insana pasión que había despertado en el, le quemaba las entrañas; no apartaba de su mente la imagen desnuda que había visto en el rio, sin saber que peores consecuencias había de padecer por su negro proceder.

Mientras la desnudaban el inquisidor le dice que confiese su culpa y dijera la verdad, pero sin levantar falso testimonio contra sí misma ni contra otros, al negar los hechos dijo que no tenía nada que decir, de nuevo la exhortaron pero guardo silencio, ya desnuda les manifestó:

Ilustres señores he hecho todo de lo que se me acusa, pero no martiricéis, le dijeron que no levantase falsos testimonios contra ella misma, contestando “juro que no he hecho nada malo” le repitieron que dijera la verdad contestando “ he dicho toda la verdad; mas que quieren ustedes que diga? Esa es la verdad”…

Inmediatamente le ataron las manos a la espalda y mediante una cuerda y una polea fue levantada hasta el techo quedando colgando con pesas atadas a sus pies lo que lo provocaba un intenso dolor ya que de repente la bajan un poco produciéndose sacudidas que descoyuntan los brazos y las piernas por medio de lo cual se le producía el más exquisito dolor, gritando horriblemente lo que producía enorme placer y éxtasis a sus torturadores.

De esta manera fue torturada cerca de una hora, durante la cual les suplicaba con sollozos que dejaran de martirizarla, o que la mataran pero que no la siguieran martirizando. Entre lágrimas les suplicaba que le dijeran… “que querían que dijera”,… “pues no sé qué decir, ni de que me acusáis”…”oh mis brazos! “…ya no me hagáis mas daño”…”soltadme por favor”… no aguantando tanto dolor al fin se desmayo, bajándola inmediatamente y la pusieron en el potro, una mesa con poleas a los extremos, a donde fue atada, bañándola con agua helada para que recobrara el conocimiento, de nueva cuanta le exhortaron a que dijera la verdad, mas ella les volvió a decir que: ..“ eran ciertas todas la acusaciones pero que ya no le hicieran daño”…le abrieron la boca a fuerza con un palo, pusieron un trapo en la garganta y un embudo, le taparon la nariz, e inmediatamente le empezaron a echar agua por el embudo, sintiendo que se ahogaba, le volvieron a invitar a que dijera la verdad gritando …”oh desgraciada de mi!”…”diré todo lo que quieran”….”soltadme, me estáis ahogando!”…”tengan piedad!”…. Después de repetir el suplicio por algún tiempo y a punto de desfallecer la infeliz mujer; A una señal del inquisidor los torturadores se retiraron un poco de la mesa y acercándose el inquisidor para ver de cerca a la mujer, y esta al reconocerlo le grito: …”a, sois vos, infeliz!”....” maldito serás en la ciudad”…,” maldito en el campo”…, “maldita tu casa y tu despensa”…, “no hallaras maíz para tu tortilla”…, “ni pasto para tus animales”…, “malditas las crías de tus vacas y rebaños, gallinas y guajolotes”…, “maldito serás donde te presentes”…, “maldita tu descendencia, la que no perdurara, tus hijos morirán prematuramente”…”y no tendrás quien te de un vaso de agua, ni alcanzaras la paz eterna, ni un lugar en el camposanto”… “ malditos todos que me hacen sufrir”…al escuchar aquella maldición los torturadores inmediatamente empezaron a darle vueltas a las poleas estirando a la infeliz mujer de pies y manos con tanta fuerza que la desmembraron y clavándole un puñal en el corazón, la mujer lanzo un terrible alarido para morir al instante, todo fue tan apresurado que terminaron jadeando por el esfuerzo, al ver a la pobre mujer sin vida salieron apresurados, no sin antes ordenar que la quemaran con leña verde como a las brujas y esparcieran la ceniza a los cuatro vientos para que no encontrara su alma la paz eterna.

Solo se quedaron los verdugos, que sin inmutarse se dispusieron a cumplir las órdenes y para refrescarse empezaron a tomar aguardiente, porque al querer tomar agua esta se había echado a perder ya que tenía una horrible pestilencia; entre trago y trago fueron preparando la pira para quemar a la mujer, estando lista la aventaron encima y le prendieron fuego viendo que se produjo mucho humo formando este la silueta de la mujer que al irse elevando se transformo en la muerte, riéndose con su boca descarnada y con la mano llamándolos, con el licor ingerido pronto se emborracharon y ante la horrible visión se asustaron e inexplicablemente empezaron a pelear y de fuerte machetazo fue muerto uno, el otro por la borrachera empezó a trastabillar y se fue de cabeza a una noria, muriendo ahogado inmediatamente; la maldición de la mestiza empezó a cumplirse.

El monje que también vio la horrible visión que se dibujo en el humo de la hoguera, le dio una crisis nerviosa, refugiándose en su habitación, para no salir ni para comer, entrando en una fuerte depresión, se quedaba pensativo, triste, cabizbajo, de repente caminaba muy agitado, y perdía el control los pasos los daba muy vacilantes; tenia ansiedad y se le iba la respiración, sentía que la muerte lo ahorcaba, en sus ideas delirantes, veía que la mujer lo llamaba le hacía señas con las manos, y se reía a carcajadas; la imagen de la mujer ya no la podía apartar de su mente, en cada objeto que veía se transformaba en una calavera descarnándose, dejo de comer y perdió peso rápidamente, su piel se le enjuto a la cara y a las manos, y adquirió un color blanco pálido que daba terror verlo, se asemejaba a la muerte misma; ya no podía conciliar el sueño por las visiones que se le presentaban; empezó a hablar solo, gritando incoherencias, reía a carcajadas y luego se ponía a llorar; causando pánico entre la servidumbre, quienes le rehuían, mas cuando le empezaron a salir en la piel manchas de lepra.

Por temor a contagiarse nadie se le acercaba; a los pocos días llego un enviado a avisarle que en la región de su hacienda en el valle de México, había llegado una plaga de langostas acabando con la cosecha, aunado a ello estaba azotando una epidemia de viruela negra la cual había acabado con toda su familia; los peones habían huido del lugar y los animales empezaron a morir por culpa de una epidemia desconocida, y porque ya no había quien los atendiera; en un momento de lucidez ordeno que prepararan su diligencia y lo llevaran a su hacienda, prepararon el carruaje con ocho caballos para poder cubrir la enorme distancia rápidamente y sin contratiempos; fue tanto el esfuerzo a que fueron sometidos los animales que ya en la cima de la sierra de tula los caballos de adelante empezaron a correr alocadamente, y de repente se fueron al desfiladero, los cocheros alcanzaron a brincar al camino y horrorizados vieron como la diligencia se despeñaba, y el monje cuando iba cayendo, en un momento de lucidez vio la imagen de la mestiza, a quien empezó a pedirle perdón, y solo se escuchaba el eco de su grito desgarrador perdón, perdón, perdón perdón; la maldición se cumplió, en ese lugar quedo el cuerpo hecho pedazos del monje, a quien no le dieron cristiana sepultura en el camposanto y por tal motivo no alcanzo el descanso eterno, vagando su alma por los caminos  de Matamoros a Reynosa.


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